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"Hijo, tus pecados te son perdonados": lo que Jesús vio primero en el paralítico de Marcos 2

Marcos 2: Jesús le dijo al paralítico «Hijo, tus pecados te son perdonados» antes de sanarlo. Descubre por qué Él atiende primero la necesidad de tu corazón.

Pasaje clave: Marcos 2:1-12

Le traen a Jesús un hombre que no puede caminar. No hace falta preguntar qué necesita. Cualquiera que lo mire lo sabe: necesita piernas que le respondan, necesita levantarse de esa camilla.

Pero Jesús lo mira y dice otra cosa.

“Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.” (Marcos 2:5)

Fíjate en el orden. Antes de tocar las piernas, el Señor Jesucristo fue al corazón. Atendió primero la necesidad más profunda, la condición espiritual de ese hombre, y después sanó el cuerpo.

La historia del paralítico en Marcos 2 me sigue hablando, porque tú y yo solemos hacer lo contrario. Llegamos al Señor con el problema que se ve, sea la enfermedad, la deuda o la preocupación. Él ve más allá y quiere empezar por lo que no se ve.

¿Y si lo que más necesitas no es lo que le estás pidiendo?

Sin fe es imposible, pero para Dios nada es imposible

Antes de llegar al paralítico, quiero que veas dos palabras que parecen pelear entre sí. La primera está en Hebreos.

“Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.” (Hebreos 11:6)

Imposible. Sin fe no hay manera. No basta con acercarse a medias. Cuando buscas al Señor, tienes que creer con todo tu corazón que Él existe y que responde a los que le buscan.

La segunda está en Lucas, en las palabras que el ángel le dijo a María:

“porque nada hay imposible para Dios.” (Lucas 1:37)

¿Qué es imposible para Dios? Nada. Absolutamente nada. Lo imposible está de nuestro lado, no del suyo. Lo que a veces nos falta a nosotros es fe. A Él nunca le falta poder.

Por eso Pablo les escribió a los corintios que su fe no debía estar “fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1 Corintios 2:5).

Te lo digo por experiencia. Mi doctor me ayudó, sí, y le doy gracias. Pero ¿quién le dio a ese doctor la sabiduría para saber qué hacer para sanar a uno? Dios se la dio. La ciencia, el conocimiento, la mano firme del médico, todo viene de Él. Dios está detrás de todo.

Así que, cualquiera que sea tu situación, llévasela a Cristo. Díselo a Cristo. Él no vino para olvidarse de ti.

Jesús lo llamó “hijo”

Vuelve a mirar la palabra que usa el Señor con el paralítico. No le dice “hombre” ni “pecador”. Le dice hijo.

Así es el corazón del Señor. Es amor, y te ama a ti. Acuérdate de que aun cuando Judas lo entregó, Jesús lo llamó “Amigo” (Mateo 26:50). Si así le habló al que lo traicionaba, ¿cómo no te va a hablar con ternura a ti, que vienes a Él con fe?

Pero ese “hijo” llevaba algo más que cariño. Llevaba autoridad. Los escribas que estaban allí lo entendieron enseguida y pensaron en su corazón: “¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?” (Marcos 2:7).

Tenían razón en la pregunta. Se equivocaron en la respuesta. Solo Dios puede perdonar pecados, y el que estaba delante de ellos era Dios hecho hombre, el Señor Jesucristo. Su autoridad es autoridad divina.

Él ve más allá de tus problemas visibles. Ya sabe lo que te pasa antes de que tú vengas a decírselo. Y aun así quiere que vengas. Quiere que se lo traigas.

Cómo entró la enfermedad más profunda

Para entender por qué el Señor empieza por el pecado, hay que regresar al principio.

Dios hizo el mundo perfecto. Le dio al hombre todo y le puso un solo límite: de ese árbol no comas, no lo toques. ¿Y qué pasó? No le hicimos caso. Eva comió, y Adán comió también. En ese mismo momento empezó lo que hasta hoy seguimos haciendo: echar la culpa.

“La mujer que me diste por compañera”, le dijo Adán al Señor (Génesis 3:12). Y Eva dijo: “La serpiente me engañó” (Génesis 3:13). Cuando uno empieza a echar la culpa, ahí empieza el problema.

Es cierto que el enemigo vino a dañar lo que Dios había hecho perfecto. Pero el pecado no lo trajo Dios. El pecado entró en el mundo por el hombre, por una humanidad rebelde que pensó que no iba a pasar nada.

Cuando entró el pecado, entró todo lo demás: la enfermedad, la vejez, las preocupaciones, los problemas, las matanzas, los robos, los ataques. Todo lo malo entró por esa puerta.

“por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios,” (Romanos 3:23)

Todos. ¿Lo ves? Nadie queda fuera. Destituidos quiere decir que estamos sin la gloria de Dios, lejos de Él. El que no es salvo está lejos de Dios.

¿Y qué hizo el Señor? Vino a buscarnos para poder acercarnos a Él. Dio su sangre, sufrió el dolor, recibió las heridas, y como dice el profeta, “por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). Lo que queda es tu decisión. ¿Qué vas a hacer con eso?

Esto no se compra

Mucha gente piensa: “Bueno, yo hago cosas buenas. Yo hago todo lo que debo hacer.” Está bien hacer el bien. Pero la cosa es que tienes que ser salvo, y eso no lo consigues con tus obras.

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” (Efesios 2:8-9)

Mira otra vez la fe que aparece ahí. Y mira de dónde viene la salvación: es don de Dios. No hay manera de comprar el cielo. Tienes que arrepentirte y creer con todo tu corazón que Dios vino a salvarte. Solo Dios recibe la gloria.

Yo me acuerdo de cómo llegué. Llegué con temor. Quería correr de donde estaba hasta el frente, porque no quería morirme en mi pecado. No quería caer de boca en otro lugar. Quería caer allí, delante del Señor, para arrepentirme del pecador sucio que yo era.

Solo uno sabe si es salvo. Solo tú sabes qué pasó en tu corazón cuando recibiste al Señor Jesucristo, si es que lo recibiste.

Hay una promesa que Dios le dio a su pueblo hace muchos siglos, y su orden sigue siendo el mismo:

“Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.” (2 Crónicas 7:14)

Humillarse. Orar. Buscar su rostro. Convertirse de los malos caminos, que es otra manera de decir arrepentirse. Y entonces Él oye, perdona y sana. Eso fue lo que me pasó a mí: me humillé, me arrepentí, y Él me sanó.

Levántate, toma tu lecho

Ahora sí llegamos a las piernas del paralítico. El Señor no lo sanó a escondidas. Lo sanó delante de todos, precisamente para que supieran que tenía autoridad para perdonar pecados.

“Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa. Entonces él se levantó en seguida, y tomando su lecho, salió delante de todos, de manera que todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa.” (Marcos 2:10-12)

Me imagino a esa gente con la boca abierta, mirándose unos a otros. El hombre que entró cargado salió cargando su propia cama.

Cuando el Señor actúa, lo hace de tal manera que queda claro quién lo hizo, y Dios recibe la gloria. Así que cuando Él te saque de cualquier situación, sea lo que sea, dale la gloria a Él. Gracias, Señor Jesucristo. Gracias al Padre que te envió.

Y esto es personal. Si tú hubieras sido la única persona viva en el mundo el día que Jesús fue a la cruz, Él habría ido por ti. “Tú pagaste por mí, Señor.” Así lo digo yo, y así lo puedes decir tú.

Un día toda la creación va a reconocer lo que ese paralítico descubrió en una tarde:

“para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.” (Filipenses 2:10-11)

La alegría no se queda quieta

Cuando yo recibí al Señor Jesucristo como mi Señor y Salvador, me quedé quieto un momento. Estoy salvo. El peso se me quitó de encima. Y luego salí corriendo de la alegría. Mi esposa estaba conmigo, y hasta la dejé allí, porque corrí a contarlo.

Una, dos, tres semanas después, ella recibió al Señor. Más tarde mi hija recibió al Señor Jesucristo también.

¿Te acuerdas del carcelero de Filipos? Preguntó qué tenía que hacer para ser salvo, y le contestaron: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hechos 16:31). Yo lo vi pasar en mi propia casa.

¿Cómo no le va a dar alegría a uno? ¿Cómo no va a querer levantarse y correr cuando recibe al Señor? Mira lo que hizo Cristo por mí.

No te quedes con eso. Díselo a las personas que conoces, a tus amistades. Cuéntales lo que Dios hizo por ti.

Ciento trece años no son nada

Yo ya cumplí setenta años. Y he estado pensando en el tiempo.

Mi abuelita Miguelina murió en Puerto Rico a los ciento seis años. Allí la enterramos, y allí está su cuerpo todavía. Pero ella está en el cielo.

A mi bisabuela, Mamaché, la vi una sola vez. Tenía ciento trece años cuando murió. Cuando fui a darle un abrazo, lo hice con mucho cuidado, porque tenía miedo de romperle algo.

Pero te digo esto: ciento seis, ciento trece, y aunque uno llegue a ciento veinte, ¿qué es eso comparado con la eternidad? Para siempre. Sin término.

¿Qué vas a hacer en el cielo con los primeros millones de años? Yo no creo que allá arriba haya ni relojes. ¿Tiempo? ¿Qué es eso? La luz va a brillar siempre, y esa luz es el Señor Jesucristo. De la ciudad celestial dice que “el Cordero es su lumbrera” (Apocalipsis 21:23).

No vamos a llegar allá como estamos aquí. Vamos a tener un cuerpo como el suyo, porque la Biblia dice que “seremos semejantes a él” (1 Juan 3:2). Allí “ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor” (Apocalipsis 21:4). Y no vamos a pecar más contra Él. Esa es nuestra esperanza.

¿Cómo se llega? La Palabra lo dice sencillo:

“que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.” (Romanos 10:9)

Porque “con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:10). Y la promesa es para “todo aquel que invocare el nombre del Señor” (Romanos 10:13). Él no falla. Él es fiel. No te va a mentir, porque Él no puede mentir.

Lo que Jesús ve cuando te mira

Juan dice de Cristo que en Él estaba la vida, “y la vida era la luz de los hombres”, y que esa luz resplandece en las tinieblas, “y las tinieblas no prevalecieron contra ella” (Juan 1:4-5). Esa luz vino a buscarte cuando no lo merecías.

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” (Romanos 5:8)

Siendo pecadores. Siendo enemigos. Clavado en la cruz, murió por ti y por mí, para que pudiéramos estar con Él.

Yo soy pecador. Pecador salvo, pero pecador. No me gusta pecar, y mientras viva en este cuerpo voy a luchar con eso. Pero un día todo esto se acaba, y vamos a estar con Él.

Piensa otra vez en aquel hombre en su camilla. Todos miraban sus piernas. Jesús miró su corazón y le dijo: “Hijo, tus pecados te son perdonados.”

Hoy te está mirando a ti. Ya sabe lo que estás pensando ahora mismo.

¿Ya lo recibiste como tu Señor y Salvador? Díselo a Cristo. Cree con todo tu corazón. Él te espera.

Adaptado de un mensaje predicado de Marcos 2:1-12 por Nelson Bonilla.