Todo lo puedo en Cristo que me fortalece: de dónde viene tu fuerza (Filipenses 4:13)
Filipenses 4:13 no habla de fuerza de voluntad. Descubre de dónde viene la fuerza cuando la tuya se acaba: consejo, compañía, paz y salvación en Cristo.
Pasaje clave: Filipenses 4:13
Hay versículos que de tan conocidos ya casi no los escuchamos. Filipenses 4:13 es uno de ellos. Lo hemos oído tantas veces que se nos resbala por encima:
“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” (Filipenses 4:13)
Fíjate primero en una palabra. No dice “un poquito”. No dice “algunas cosas”. Dice todo.
Y luego fíjate en la otra mitad, porque ahí está la clave. Todo lo puedo… ¿en quién? En Cristo. La fuerza no sale de mí. Viene de él.
Te lo pregunto con cariño: ¿acaso somos Hércules? Tú sabes que no. Hay días en que la fuerza se acaba, en el cuerpo y en el alma, y uno lo siente. Este versículo no es para el que se cree fuerte. Es para el que ya se dio cuenta de que no lo es.
Cuando tu fuerza falla, el Señor te sostiene
Cuando hablo de fuerza no me refiero solamente a la del cuerpo. También necesitamos fuerza espiritual, y esa no se consigue levantando pesas. Hay un cansancio que pesa por dentro. Pasas una hora orando por una cosa, orando y orando, y te preguntas: “¿Y por qué? ¿Por qué todavía no?”
Yo conozco ese cansancio. Le doy gracias al Señor por la fuerza que me dio aun en los tiempos en que yo no lo conocía. Hubo épocas en que andaba apurado, sin seguro médico, con la niña enferma y las cuentas encima. Y él me ayudó sobre todo eso. Sobre todo eso.
No hay nada que sea imposible para él. El ángel se lo dijo a María con palabras sencillas: “porque nada hay imposible para Dios” (Lucas 1:37). Él hizo el mundo y todo lo que se ve, y todo lo hizo perfecto, hasta al ser humano en el principio.
Pero el hombre pecó. El enemigo le dijo a la mujer: “No moriréis” (Génesis 3:4). Y el cuerpo no murió ese día, pero el alma sí. La muerte que entró fue espiritual. Desde entonces la fuerza tiene que venir de afuera de nosotros.
Por eso vino Cristo. Y escucha bien: él no tenía que venir. Vino porque quiso. Vino por ti y por mí.
Puedes ir al Padre a cualquier hora
Cuando yo era muchacho, a veces necesitaba pedirle a mi papá unos diez dólares. Y yo iba con temor, pensando cómo se lo iba a pedir, qué le iba a decir. Porque uno ya sabía lo que venía: la lectura de siempre. “¿Tú crees que el dinero crece en los árboles?”
Así son los papás de la tierra, y muchas veces tenían razón. Pero con el Padre celestial no tienes que ir con ese temor.
A él puedes ir en cualquier momento, las veinticuatro horas, y no te va a rechazar. La Palabra te invita: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia” (Hebreos 4:16).
Sobre todo, no te va a rechazar cuando le pidas salvación: cuando te arrepientes, reconoces que eres pecador y le pides que te perdone. Todos tenemos que reconocerlo, porque así nacimos.
El pecado no puede estar en la presencia de Dios, porque él es santo, santo. El pecado tiene que ser pagado, y el que pagó fue el Señor Jesucristo. Derramó toda su sangre y cubrió todos nuestros pecados.
Cuando Dios mira al que está en Cristo, no va a ver su pecado. Va a ver la sangre de su Hijo. Es lo mismo que prometió aquella noche en Egipto: “y veré la sangre y pasaré de vosotros” (Éxodo 12:13).
El que te hizo sabe darte consejo
En Deuteronomio 32, Moisés canta así de Dios:
“El es la Roca, cuya obra es perfecta, Porque todos sus caminos son rectitud; Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él; Es justo y recto.” (Deuteronomio 32:4)
Y un poco más adelante le pregunta a un pueblo que se había olvidado: “¿No es él tu padre que te creó? Él te hizo y te estableció” (Deuteronomio 32:6).
Estamos aquí porque él nos hizo. Y si él nos hizo, ¿a quién más vamos a ir por consejo?
Me acuerdo de los días en que iba donde mi papá y le decía: “Papá, necesito ayuda aquí. ¿Tú qué crees de esto?” Si era algo que yo no debía haber hecho, iba con un poco de temor. Pero a Dios puedes ir y decirle: “Señor, necesito un consejo.” Pídeselo con todo tu corazón, creyendo con todo tu corazón, y él te va a contestar. Y cuando veas los resultados después, no lo vas a poder creer, porque todo lo que él hace es perfecto y recto.
En Proverbios 8 la sabiduría de Dios habla así:
“Conmigo está el consejo y el buen juicio; Yo soy la inteligencia; mío es el poder.” (Proverbios 8:14)
Y sigue: “Por mí reinan los reyes” (Proverbios 8:15). Hasta los que gobiernan y los que juzgan están ahí porque él los puso. Él es todopoderoso.
David lo cantó en Salmos 18:
“Dios es el que me ciñe de poder, Y quien hace perfecto mi camino; Quien hace mis pies como de ciervas, Y me hace estar firme sobre mis alturas; Quien adiestra mis manos para la batalla, Para entesar con mis brazos el arco de bronce.” (Salmos 18:32-34)
Mira dónde te pone: firme, fijo en las alturas, donde no te vas a caer. Y mira de dónde viene la fuerza para la batalla. Viene de él.
Le pedimos ayuda a Dios y luego le decimos cómo hacerlo
Piensa en la semana pasada. ¿Te sentiste trabado? “¿Por qué no puedo? ¿Por qué esto no sale como yo quiero?” A mí me pasa. Y cuando pasa, el consejo es sencillo: llévaselo al Señor. Dáselo a él.
Pero aquí está el problema. Es como cuando le llevas el carro al mecánico para que te lo arregle, y luego te quedas parado encima de él diciéndole cómo hacerlo.
Yo soy malo con eso también. A veces mi hija me dice: “Ayúdame aquí.” Yo empiezo a ayudarle, y enseguida me dice: “No, no es así, no es así.” Y yo pienso: ¿pero no me estabas pidiendo ayuda?
Así le hacemos a Dios. Le pedimos consejo y luego no lo queremos recibir.
Yo no soy perfecto. Nadie es perfecto. Pero Dios sí. Él nos hizo, y su consejo es perfecto. ¿Qué tal si esta semana le entregas eso que te tiene trabado y dejas que él lo arregle?
Isaías 41:10: nunca estás solo cuando tienes al Señor
Muchas veces no hacemos las cosas porque tenemos temor. “Yo no sé si puedo.” A lo mejor tú no puedes. Pero Dios sí puede. Mira lo personal que es esto:
“No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.” (Isaías 41:10)
“Yo estoy contigo.” Imagínate al Señor delante de ti diciéndotelo. Pon tu nombre ahí. No dice “a veces te ayudaré”. Dice siempre.
En los versículos que siguen promete que los que contienden contigo “serán como nada”, que los buscarás y no los hallarás (Isaías 41:11-12). ¡Qué Padre tenemos! Te da fuerza, va contigo a la batalla, y tú ya sabes quién la va a ganar.
¿Hay algo que te está batallando? ¿Algo pesado que te tiene cansado espiritualmente, porque ya oraste, ya pediste, ya trataste de hacerlo tú solo, y nada? Dáselo a Dios. Nada es imposible para él.
Yo lo aprendí en una cama de hospital.
Cuando me agarró aquella enfermedad, pasé el día uno, el día dos, el día tres en la casa. Gracias a Dios por la iglesia: los hermanos me traían comida, me traían jugo, me pusieron una mesita al lado. Dios hace eso también, por medio de sus hijos.
Pero el día diez los pulmones empezaron a fallar. Bajaban y bajaban, y tuve que ir al hospital. Me acostaron en una camilla nada cómoda. Al otro día la enfermera me contó que yo había tenido una fiebre tan grande, pero tan grande, que tuvo que entrar tres veces esa noche para ver si yo seguía bien.
Me acuerdo de despertar y quedarme mirando desde la cama, pensando: “¿Todavía estoy aquí?”
Y sí, estaba. Porque Dios estaba conmigo. Él trajo la medicina, y les dio sabiduría a los doctores y a las enfermeras, porque toda esa sabiduría viene de él. Y salí de ahí.
¿Sabes qué? No tenía miedo. Yo sabía a dónde iba. Tenía mi Biblia, la leía todos los días y pasaba tiempo con él. Esa promesa, “yo estoy contigo”, la tenía grabada por dentro.
La fortaleza de su pueblo te libra del miedo
David escribió: “Jehová es la fortaleza de su pueblo, Y el refugio salvador de su ungido” (Salmos 28:8). Él no solo te da fuerza. Te hace valiente, y te libra del miedo.
¿Cuántas veces has pasado miedo? “¿Yo? Yo no paso miedo.” Está bien. Entonces dime: ¿tienes sótano en tu casa? Bajas y te da un poco de miedo. Y lo peor es al subir la escalera, porque ahora te parece que algo viene detrás de ti.
Ese es el miedo pequeño. Luego está el otro: llega una carta, o suena el teléfono a las tres de la mañana, y tú sabes que a esa hora nadie llama con buenas noticias.
No tengas miedo. El Señor está contigo. Él puede, y él sabe.
Escucha lo que Jesús nos deja:
“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” (Juan 14:27)
Es su paz, no la del mundo. Por eso David podía cantar: “Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré?” (Salmos 27:1). ¿Quién va a tener miedo cuando lo tiene a él?
Pero hay un temor que sí importa, y Jesús lo dice claro:
“Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.” (Mateo 10:28)
Tu alma va a vivir para siempre. La pregunta no es si va a vivir, sino dónde: en el cielo o en el infierno. Yo no sé dónde estaría si no fuera por él. Estaría en el infierno, eso sí te lo digo.
Él habría ido a la cruz solo por ti
Esto es lo primero que tienes que saber: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Todos.
Pero Cristo no vino para dañar ni para destruir. Vino para salvar.
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.” (Juan 3:16-17)
Donde dice “el mundo”, yo pongo mi nombre: para que Nelson sea salvo por él. Ahora pon el tuyo.
Esto es personal. Si tú hubieras sido el único ser humano en la tierra el día que Jesús fue a la cruz, él habría ido a la cruz por ti.
La Biblia explica cómo llegamos a necesitarlo. El pecado entró en el mundo por un hombre, y “así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12). Todos rompimos su ley. Y Cristo recibió el castigo que era nuestro. No le tocaba a él, pero vino.
No se olvidó de ti. Si te parece que tarda, es porque él es paciente, “no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).
Arrepentirse es dar la vuelta. Es decirle: “Señor, yo no quiero pecar más. Yo quiero estar contigo. Sé que el pecado no puede estar en tu presencia. Yo soy pecador, y te necesito.” Y dar la vuelta, directo hacia él.
Todo lo puedo en Cristo, empezando por venir a él
Esta es la buena noticia:
“que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.” (Romanos 10:9-10)
Y la promesa es para todos: “porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:13). Él no retarda su promesa. Fue a la cruz por ti y por mí.
Al principio te pregunté si somos Hércules. No lo somos. Pero Filipenses 4:13 nunca fue una promesa para Hércules. Es para el que se cansó, para el que tiene miedo, para el que ya no puede solo. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece, pero primero tengo que estar en Cristo.
¿Ya le abriste la puerta de tu corazón? ¿Ya invocaste su nombre?
Hazlo hoy.
Él está contigo.
Adaptado de un mensaje predicado de Filipenses 4:13 por Nelson Bonilla.
